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EL PERFIL DEL PROPIETARIO FORESTAL

Publicado el 10 Ago, 18:10
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La realidad forestal gallega ha experimentado profundas transformaciones como consecuencia de los cambios en el uso agrario del territorio. Durante las últimas décadas, las tierras dedicadas tradicionalmente a la agricultura y la ganadería fueron quedando sin uso y, poco a poco, el monte ha ocupado el espacio que antes integraba un mosaico equilibrado de cultivos, pastos y arbolado.

En ese paisaje rural que combinaba agricultura, ganadería y aprovechamiento forestal dentro de una misma explotación, se ha roto el vínculo que mantenía unidos esos tres pilares de la economía campesina. El resultado ha sido un cambio estructural del sistema agrario gallego, marcado por el abandono progresivo del campo y el envejecimiento de la población rural.

Este proceso ha traído consigo una transformación profunda en la figura del gestor del territorio. Los agricultores y ganaderos —antiguos protagonistas del paisaje rural gallego— han ido desapareciendo, dando paso a una nueva figura: la del propietario forestal individual.

Se trata, en la mayoría de los casos, de personas de edad avanzada, que mantienen sus montes más por tradición familiar que por una motivación económica. Sus métodos de gestión suelen basarse en prácticas heredadas, con escaso nivel de tecnificación y con poca orientación hacia la rentabilidad. Además, la mayoría dispone de ingresos ajenos a la actividad forestal (por lo general una prestación pública) lo que reduce el interés por invertir o profesionalizar la gestión de sus tierras.

La edad y la limitada capacidad financiera de estos propietarios condicionan seriamente el futuro del monte gallego. La rentabilidad forestal exige una visión a largo plazo, pero mantener esa continuidad resulta difícil cuando la mayoría de los titulares supera los sesenta años y carece de relevo generacional.

Aun así, la relación de estos propietarios con su monte no es indiferente. Durante décadas, ha prevalecido una vinculación afectiva muy fuerte, entendiendo el bosque como un legado familiar que debe conservarse y transmitirse a los hijos en las mejores condiciones posibles.

Esa lealtad al territorio explica el esfuerzo mantenido por muchos propietarios, incluso sin percibir beneficios regulares. El monte se ha cuidado por respeto a la herencia, más que por obtener rendimiento económico.

Sin embargo, esta mentalidad parece estar cambiando. Las nuevas generaciones, más urbanas y desvinculadas del medio rural, ya no sienten el mismo apego al monte. La falta de sucesores interesados en su gestión augura un incremento del abandono y una pérdida de continuidad en la conservación activa del territorio.

El minifundismo sigue siendo una de las principales trabas para el desarrollo forestal de Galicia. A esto se suma la reducción constante del número de explotaciones y la falta de jóvenes dedicados al campo, lo que pone en duda la viabilidad económica de un modelo basado en propietarios individuales de pequeña escala.

El tránsito desde el agricultor o ganadero tradicional hacia el nuevo propietario forestal (por lo general, un pensionista), no se ha acompañado de una renovación de objetivos ni de pautas de gestión modernas. Se trata, en muchos casos, de una figura pasiva, que conserva la tierra sin explotarla de manera efectiva.

La mayoría de los propietarios actuales han recibido sus montes por herencia y no mediante compraventa. Para ellos, el monte conserva un valor simbólico y sentimental más que económico. Su principal motivación es mantener la propiedad familiar y transmitirla, independientemente de su rentabilidad o del interés de los herederos por continuar con la gestión forestal.

La silvicultura ha dejado de ser la ocupación principal de quienes poseen el monte, y tampoco lo será para la próxima generación. Así, el bosque se mantiene más por inercia que por proyecto.

Dado el envejecimiento de los propietarios y la falta de mano de obra familiar, trabajar el monte por cuenta propia resulta casi imposible. La mecanización, las tareas especializadas y la falta de tiempo o conocimientos obligan a recurrir a empresas externas para las labores de corta, limpieza o plantación.

Esto ha generado un tipo de gestión puntual y reactiva, centrada casi exclusivamente en la venta de madera cuando hay necesidad económica o se presenta una buena oportunidad de mercado. En la mayoría de los casos, no se realizan tratamientos silvícolas ni inversiones de mejora, lo que favorece la degradación y el abandono progresivo de muchas parcelas forestales.

Aunque en los últimos años las administraciones han impulsado políticas de apoyo y subvenciones para fomentar la actividad forestal, el impacto real sobre la gestión privada sigue siendo limitado. El propietario forestal gallego continúa viendo el monte como un patrimonio pasivo, más que como un activo productivo.

La paradoja es evidente: Galicia cuenta con una de las producciones forestales más elevadas de Europa, pero buena parte de su monte sigue sin valorarse como una actividad económica estratégica.

Superar esta situación requiere no sólo incentivos económicos, sino también cambio generacional, formación técnica y asociacionismo. Sin un relevo que entienda el monte como oportunidad y no como carga, el abandono seguirá siendo el destino más probable de gran parte del territorio forestal gallego.

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